La estamos Cagando

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Inercia. Esa pareciera ser la fuerza que permite que cada día se siga contaminando el planeta y
agotando sus recursos naturales. Es como si una vez que agarramos vuelo, principalmente desde
la Revolución Industrial, donde el mundo conoció las chimeneas de humo que se asociaban al
progreso del hombre, no se pudo parar.

Se ha llegado a un consenso a nivel mundial de que el cambio climático provocado por el hombre
es una realidad, y cuyas consecuencias se comenzarán a ver y sentir con mucha más fuerza
en poco tiempo más. Quizás muchos no sienten la urgencia de remediar el camino, pero qué
pensarán las futuras generaciones de nosotros, cuando reciban o deban afrontar situaciones en las
que simplemente no se podrá mirar para el lado, como ahora.

El llamado a cambiar las costumbres, políticas de desarrollo y modificar las actividades
económicas, en busca de disminuir el daño al medio ambiente, se escuchan hace bastante tiempo.
El problema es que quienes toman las decisiones se preocupan más de las ganancias a corto plazo,
que de cuidar nuestro planeta a largo plazo.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático es un acuerdo de
los países miembros de la ONU para reducir los gases de efecto invernadero y, por ende, el
calentamiento global y el consecuente deterioro ambiental del planeta. Desde 1995 la ONU realiza
la Conferencia de las Partes (COP), el órgano de la Convención que toma las decisiones prácticas
mediantes acuerdos. Hasta la fecha se han realizado 18, siendo la última la de Doha, en Catar. Los
últimos encuentros se han basado en extender el protocolo de Kyoto, el único acuerdo sustancial
de para reducir las emisiones contaminantes. Las últimas reuniones han logrado la extensión de
Kyoto hasta el 2020, y en Doha se acordó lograr un acuerdo vinculante en 2015, y que entre en
vigencia cuando termine el de Kyoto. Pero los logros son a medias, porque en Doha el acuerdo
por reducir las emisiones a 2020 no fue suscrito por Estados Unidos, China e India. De ahí sale
la necesidad (urgente), que para el acuerdo de 2015 se sume EEUU y China, los dos países más
contaminantes del mundo, donde las consecuencias de sus acciones no las pagan ellos, sino
que todo el planeta, pero principalmente los países pobres, a quienes los cambios climáticos los
afectan de manera mucho más fuerte que a los ricos. Al parecer la competencia económica entre
los países fue mayor que la necesidad cuidar el planeta.

En definitiva, los acuerdos, hojas de rutas, etc., son menores considerando el daño que cada
día se hace. Se vuelve a hacer presente la inercia. Parece que nos acostumbramos a estar en
cumbres y reuniones para reducir la contaminación, aunque tengan escaso resultados efectivos o
significativos. Es como si los mandatarios se sintieran tranquilos con el hecho de estar hablando
una vez al año sobre el tema, como si prestarle un poco de atención los liberara de culpa. Quizás
la razón de por qué la urgencia no la sienten muchas naciones, es que las nefastas consecuencias
del cambio climático las viven más fuerte, y primero que nadie, los países pobres. Pero tarde o
temprano le tocará al resto.

Aterrizando el tema a Chile, también nos portamos mal. Las mineras e industrias tienen al mar
hecho un basural en muchos sectores, como les puede decir muchos surfistas que han viajado por
el país. Los bosques han sido arrasados por las forestales y las mineras descargan sus desechos
en el mar, al igual que las termoeléctricas, afectando la temperatura de los ecosistema. Así
podríamos estar mucho rato.

Considerando lo anterior, se hace cada vez más claro que ir a votar cada cuatro años no es
suficiente. Hay decisiones demasiado importantes como para dejársela a una persona o gobierno
que pudo haber recibido el voto de las personas en un contexto totalmente diferente. Estrategias
energéticas, de desarrollo sustentable, grandes iniciativas que suponen millonarios recursos y
grandes impactos en el entorno, deben pasar por las urnas. Es mucho el daño que puede pasar en
cuatro años. Cada vez más personas se dan cuenta de que les están pasando gato por liebre.

Cansa el discurso del progreso y el crecimiento. Con un lenguaje solemne y técnico, te venden la
pomada de que vamos a llegar a la Luna, pero nos estamos dando cuenta que no es así, o por lo
menos de que el precio no vale la pena. La mirada es a corto plazo, se piensan en las ganancias
cortas y no en un desarrollo sustentable y equitativo. Por mucho que hablen de crecimiento, no
es para todos. Pueden decir que el desempleo bajó en Santiago, pero todos sabemos que también
depende del tipo de trabajo y sus condiciones.

Es difícil, pero hay que tratar de no dejarse llevar por la inercia. Tomarse un momento y cuestionar
lo que se dice o se muestra. No porque aparezca en la tele o lo diga una autoridad va a ser bueno.
Tampoco quiere decir que hay que enojarse con todo y no reconocer las cosas positivas que
existen, pero sí de pensar las cosas, de no tragarse todo lo que dicen, y de no dejarse llevar por
discursos, acciones o tendencias que a la larga pueden ser negativas. Tampoco hay que salir y
destruir todo, pero sí saber que no porque alguien lo diga o muchos lo haga, está bien. Que no te
arrastren. No necesariamente significa que hay que salir a la calle a cambiar las cosas a la fuerza,
pero de apoco, con una población que se cuestiona las cosas, que las piensa dos veces, y piensa
por sí mismos, discerniendo, se dan los pasos más importantes para cambiar las cosas. Solo se
trata de tener conciencia, no de que todos pensemos igual. Puede haber ideas distintas, pero por
lo menos hay que detenerse para llegar a dicho pensamiento, no llegar a él por inercia.