Skate rural: Llico

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A pesar de que la patineta se asocia a la calle y a la agresividad, ya sea al patinar o por la interacción con el resto, se puede llegar a ser bien llorón arriba de un skate. Que falta una tabla nueva, que las zapatillas ya no raspan, que los spots son malos o faltan nuevos, que alguien no deja andar, que el skatepark siempre está lleno, que no hay cómo conseguir algún accesorio, etc. Pero a veces se olvida lo «fácil» que uno la tiene gracias al lugar donde vive, por lo que una salida fuera de la ciudad ayuda a tener un poco de perspectiva, inducida por el agradecimiento y motivación de quienes no la tienen tan fácil para andar.

Llico es una caleta de pescadores en la desembocadura del río del mismo nombre, en la comuna de Vichuquén, a unos 100 km. de Curicó hacia la costa. Abundan las gallinas, vacas, caballos y carretas , además de la tierra y polvo que rodea y se acumula en las pocas calles pavimentadas. Los que están comenzando en el skate no la tienen fácil, ya que los pisos son complicados y difícilmente dejan a andar a los niños en algunos de los pocos «spots» que, con un poco de ayuda, podría patinar alguien que ya está más avanzado en el tema. Así, un puente cercano, el cual es parte de la autopista, es uno de los lugares más destacables para el día a día, con los peligros que eso conlleva. Armar una tabla es caro, y además no hay tiendas en los alrededores. Ante la falta de insumos, recibir un buen reto en la casa por raspar los zapatos del liceo está sólo a un ollie de distancia. En la ciudad, uno antes de la sesión, si es que le falta algo, puede pedírselo a un amigo, ocupar algo viejo o, si puede, desviarse y pasar a comprar algo por ahí. Opciones hay. Pero eso es en la ciudad. En Llico, por ejemplo, si alguien quiere comprar una tabla debe ir a Curicó, a más de dos horas en diferentes buses. Y los precios no son muy amigables, porque más allá de las triquiñuelas, el skate no es barato.

Skate rural Llico 1

Pero a pesar de que nada apunta a que alguien se pueda interesar en el skate en un lugar como Llico, sí ocurre. Un skater de Santiago que se fue a vivir al lago Vivchuquén (a 5 kms.) hace algunos años hace de «mecenas» de la patineta. Aporta con tablas a los entusiatas que encuentra en los alrededores y construye cajones y fierros para patinar en las pocas calles con piso aceptable para tirar un truco. Con este antecedente, hace unos días parte del team Tepian realizó una demo en el Liceo Entre Aguas de Llico. Era viernes y a las 11 se pararon las clases (qué mejor regalo para los niños). Los mismos alumnos ayudaron a bajar las rampas y al poco rato los gritos, risas y la emoción de ver algo diferente se apoderaron del ambiente. Luego se repartieron tablas y el que quería probaba suerte. Muchos lo hicieron, algunos más avanzados que otros, sin importar los porrazos reiterados y risas de sus compañeros. Se reían y se tiraban. Como debería ser.

Skate rural Llico 2

Después vino quizás la única sesión de la que los niños han formado parte en spots de su pueblo. Y la emoción se notaba. Era viernes y las clases se habían acabado hace rato, pero gran parte del Liceo de Llico se quedó viendo trucos y andando por ahí. Un par de cámaras y la emoción de los niños fue suficiente para que se permitiera andar un par de edificios, como la Casa de la Cultura y la Posta . Un poco de vela a una baranda de madera, unas latas para pasar por las plantas y el acuerdo de reponer unas cuantas flores que fueron pasadas a llevar. ¿Se ve eso en Santiago? Difícil. Apenas alguien se bajaba de una tabla, un niño venía corriendo y preguntaba: «¿Tío, me presta la tabla?» Un pequeño recuerdo para disfrutar lo que se tienen arriba del skate, y de que lo que uno muchos veces da por seguro, es un sueño para alguien en otras latitudes.

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